Contigo Siempre Betis.es  
   
   

LA ENTREVISTA


 

Miércoles, 9-12-2009

Memoria bética

(I)

 

PEDRO BUENAVENTURA

Un gran bético, un gran profesional y una maravillosa persona

   
  "A MI PRIMER ENTRENAMIENTO, QUE FUE CON EL SAN

RAFAEL DE LA PRIMERA LOCAL SEVILLANA, SÓLO

ASISTIÓ UN JUGADOR Y PORQUE ERA EMPLEADO DEL

BARRANCO, LUGAR DONDE ENTRENABA EL EQUIPO"


“A mí, los cosquis que me dieron en el colegio no fueron por mis travesuras en clase,
sino en los partidos que jugábamos contra los sevillistas, que eran más y más grandes”

 

Manuel Carmona

Fotos: Manuel García Prieto


Pedro Buenaventura maneja la teoría de que casi todos los béticos nacen siendo béticos. No vienen al mundo y se hacen béticos, sino que nacen ya con el estigma del manquepierda grabado en el corazón, que fue lo que le ocurrió a él mismo. Pedro es un personaje bético que ha servido al club durante muchos años con la circunstancia favorable de que no se le conocen enemigos. Y algo tan alentador no lo puede decir todo el mundo, porque, para ello, hay que ser lo que la gente define como “una buena persona”; que es lo que, ante todo, es Pedro Buenaventura. Persona amable, sencilla, educada, cordial, generosa y sin ínfulas de ninguna clase, el que suscribe, que lo aprecia desde que lo conoció hace ya más de treinta años, puede atestiguarlo sin reparos. Bético nacido en la calle Torneo y criado en el centro de Sevilla, en la Plaza de Villasís, donde sus padres poseían un comercio de molduras y cuadros, cuando formó su familia se trasladó a la Macarena, barrio en el que vivió tres años y medio antes de asentarse efinitivamente en Triana. Primero en Santa Cecilia y algunos años después a una alegre plazoleta, esquina con calle San Jacinto, donde reside en la actualidad. A sus 70 años, repuesto de una grave dolencia, sigue con manifiesto interés toda la actividad futbolística y, especialmente, la del Real Betis Balompié a quien tan unido ha estado durante tantos años. En Triana, junto a su fiel esposa y compañera, Carmelita, que le ha dado dos hijos (Pedro y Lorenzo) y lo cuida con esmero, donde este inefable bético manifiesta estar dispuesto a pasar lo que le resta de vida. Que, ojalá, y no lo digo por cumplir, Dios quiera que sea por mucho tiempo.

─ Pedro, tus recuerdos más remotos sobre cuando comenzaste a sentirte bético, ¿a dónde se remontan?
─ Aun tío mío que era muy bético y me llevaba al fútbol. Eran los tiempos en que el Betis estaba en Segunda, antes de descender a Tercera, época que recuerdo como la más antigua de mi historia de bético.

─ Tus comienzos deportivos fueron como futbolista en la AD Museo, uno de los tres equipos de la Puerta Real, ¿qué recuerdas especialmente de aquella época?
─ Pues yo iba a un colegio situado en la calle Alfonso XII, junto a la Puerta Real, barrio donde había tres equipos: En aquel sector vivía Andrés Aranda, que era un personaje importantísimo en el fútbol sevillano, y también los Villarín y había un ambiente muy elevado de fútbol. Aquella zona era muy futbolera y había radicados bastantes equipos, entre los te puedo mencionar a los tres de la Puerta Real, el Puerta Real, el Muso Balompié y la AD Museo, el Daoiz, que era de la Gaviria, el San Vicente, los tres de la Alameda, el Hércules, el Ciclón y el Andalucía, que fue el primer equipo en el que jugó “El gordito del Empalme”, que era como se conocía a Del Sol por aquella época. Y además otro equipo que fue muy importante en Sevilla, como el Sparta, aunque éste no era un equipo de fútbol sino un club polideportivo. Lo que ocurre es que en el verano organizaba un trofeo y formaba un equipo. Yo jugaba entonces en la AD Museo, cuando la Junta de Obras del Puerto organizó el Trofeo Torre del Oro, que se jugó en el campo que esta entidad poseía cerca de la Palmera. Este campo, cuando se inauguró, fue el primero de España que tuvo iluminación artificial. Además recuerdo que los postes de las porterías, que solían ser por aquella época cuadrados, en él eran ovalados. Pues bien, en aquel trofeo participaron un equipo del Betis, que creo recordar que fue el Juventud, otro del Sevilla, la AD Museo, campeón de la Local sevillana, que era donde yo jugaba, y el CD Puerto, equipo de la entidad organizadora. Como este conjunto era más potente porque estaba en Tercera División, a los restantes se les permitió reforzarse con cuatro jugadores que no tuvieran ficha en su club. Con nosotros jugaba Miguel, que nos trajo a su hermano Pepín, jugador sevillista que vivía en San Jerónimo, y éste, a su vez, al “Gordito del Empalme”. Y es que, pese a lo que se dice, Del Sol no vivía en San Jerónimo, sino en la barriada del Empalme, la que está entre San Jerónimo y el cementerio que es donde fue instalado el centro ferroviario donde trabajaba su padre. Y con tales refuerzos ganamos el trofeo, lo que resultó un gran éxito para nosotros.


Un momento de la entrevista que nuestro director adjunto mantuvo con un personaje bético
de la relevancis de Pedro Buenaventura (Foto: Manuel García Prieto)


─ Esencialmente, cuándo llegas a considerarte un furibundo hincha bético.
─ Ocurrió en mi época de colegial del Instituto Residencia de Estudiantes Sevillanos, un centro educativo de un nivel medio-alto, situado entre las calle Baños y San Vicente, al que las malas lenguas, cambiando la S final denominaban en plan de sorna Instituto Residencia de Estudiantes Sinvergüenzas. Allí, en el recreo, cuando se organizaban partidos de fútbol solíamos dividirnos los béticos y los sevillistas. Fu en ese momento cuando comencé a sentirme un hincha bético por todos mis cuatro costados. Porque además nos ganaban siempre y terminaban pegándonos. A mí me han dado cosquis en el colegio no por ser mal estudiante sino por jugar al fútbol contra los sevillistas en los recreos. Mi rabia y rebeldía nació en esas ocasiones en las que comprobé que éramos menos y teníamos que multiplicarnos para igualar a nuestros rivales. 

─ Tras la época colegial comienzas a trabajar en un taller, ¿de qué especialidad?
─ Tú habrás oído hablar de las tiendas Pueyo, ¿no? Pues bien, la primera Pueyo que vino a Sevilla se llamaba Jacoba del Puedo, que era mi abuela. Ella creó Puedo y Compañía. Después de mi abuela vinieron Vicente del Puedo, Cecilio del Pueyo, en fin todos los demás. La firma se dedicaba a la fabricación de molduras y marcos y uno de mis primos, que estaba en la fábrica, montó una pequeña industria de la especialidad  y me propuso unirme a él. Así estuve unos años como autónomo en ese negocio, que fue cuando comencé mi época de entrenador. La misma comenzó cuando leí el anuncio de la convocatoria de un curso de entrenadores, a la cual me apunté, y procuré superarla lo que así ocurrió. 

Un curioso y poco original entrenamiento

─ Y a partir de ahí comienza tu trayectoria de entrenador que da inicio en el San Rafael, un buen equipo de la Local sevillana, del gremio de los pescaderos hispalenses
─ Así es, un magnífico equipo, pero muy veterano pues admitía a los pescaderos, a sus hijos, a gente que trabajaba en el Barranco, que por si algún lector joven no lo sabe, le diré que era el lugar donde los pescaderos compraban el producto que vendían, entre los que habían muy pocos jóvenes. Eso no quita que, para fuera muy buen equipo, pues entre sus componentes había incluso gente que había jugado en superior categoría. Su mayor handicap era que únicamente podían entrenar en el interior del barranco por lo que tan sólo podían ejercitarse físicamente. Lo que ocurrió para que la situación mejorara fue que se fundó el Hispalense, que era el equipo del Frente de Juventudes, que se inscribió en la Tercera Local, mientras que el San Rafael pertenecía a la Primera. El presidente del Hispalense, que era Pedro Marco Bustamante, quien posteriormente sería secretario técnico del Sevilla, habló conmigo y me propuso que si yo colaboraba en entrenar a su equipo, el San Rafael podría entrenar en el terreno donde ellos jugaban que era un solar de la calle Ardilla en el que la época veraniega se instalaba un cine al aire libre, y en el que hoy está ubicado el colegio de los Maristas, que eran sus propietarios. Esta orden empezó a construir su colegio en la calle Jesús del Gran Poder, de ahí se trasladó a San Pablo y por último a Triana.

─ En tu caso, ¿te interesó aceptar esa proposición, que implicaba entrenar simultáneamente a dos equipos?
─ Yo le pregunté qué cuanto debía de pagar el San Rafael por utilizar su campo. A lo que él me respondió que nada si yo les echaba una mano entrenando al Hispalense. Así que llegamos a un acuerdo, por medio del que el San Rafael pudo entrenar en un campo en condiciones y yo tuve la oportunidad de trabajar con gente más joven, en la que había mucho material humano, aunque, sin duda, el CD San Rafael era infinitamente mejor equipo. En éste, lo jugadores que habían pertenecido a equipos de superior categoría me enseñaban a mí, mientras que a la chavalería del Hispalense yo los instruía y adiestraba. Resultó muy curioso y digno de contar, lo que ocurrió en mi primer día de entrenamiento con el San Rafael. Resulta que cuando llegué al Barranco para comenzar la preparación del equipo tan sólo había un jugador esperando. Éste, que se llamaba Carlos Gil, me estaba esperando porque trabajaba en el Barranco y no tenía más remedio que estar allí. Él me contó que no vendría  nadie más porque la plantilla se había enfadado con el entrenador, que se llamaba Antonio Recio, porque se había ido al Sevilla donde estuvo muchos años como ayudante de Mario Klug. Precisamente, Recio era el que dijo que si quería hacerme cargo del San Rafael porque él se iba a ir al Sevilla y quedó que aquel diríamos al Barranco donde me presentaría a los directivos y a los jugadores. Pero cuando llegamos no había nadie, salvo, como te he dicho, Carlos Gil que trabajaba como portero nocturno en aquel lugar, que fue quien nos abrió la puerta. Vamos, que si Carlos no hubiese trabaja allí tampoco habría ido. Imagínate lo ocurrido mi primer día de entrenador. Pero yo era joven, tenía muchas ganas de iniciar mi trayectoria de entrenador y le dije que aunque estuviera el sólo íbamos a realizar la primera sesión de entrenamiento. Y recuerdo que, pese a que me había dicho varias veces que él, dentro de un par de horas, tenía que entrar a trabajar, yo le hice hacer todo lo que había aprendido en el curso de entrenador que estaba realizando. Al final, cuando nos despedimos y al día siguiente, el pobre estaba muerto. Pero, pese al palizón que le dí en aquel intensivo entrenamiento, armado de santa paciencia, se presentó también él solo hasta que, poco a poco, la situación se normalizó y empezamos a funcionar.

─ ¿Qué tiempo estuviste en el San Rafael?
─ Pues mira, después, como empezaron a contar con más medios, jugaron en categoría provincial y arrendaron Piscinas Sevilla. Dicha circunstancia me valió a mí, personalmente, para seguir curtiéndome como entrenador. Resulta que, como quiera que allí se concentraban para entrenar gente del Ciudad Jardín, el grupo de Pepito Alfaro, Galocha, “El Batato”, etcétera, que jugaban en el Écija, pues allí me encontré que tenía para entrenar a un Regimiento. Yo me encargaba de dirigir la preparación física y después organizaba un partido entre mi equipo y otro de los que seleccionaba de los restantes jugadores que entrenaban allí. Así estuve varios años, hasta el punto de que el hijo del dueño de Piscinas Sevilla me comunicó que al año siguiente no tendrían equipo, sino que arrendarían las instalaciones para entrenar, por lo que si yo me dedicaba a hacer lo que había realizado en esa temporada podría ganar más dinero, pues ellos pondrían una cuota para los que quisieran entrenar en las instalaciones y yo me llevaría una parte, lo que sería mas beneficioso para mí que entrenar a un equipo. Sin embargo, como mi aspiración era entrenar un equipo y no a unregimiento, le dije que no y me dediqué a lo que quería y me gustaba.

─ Y a continuación del San Rafael ¿dónde proseguiste tu carrera de entrenador?
─ Después fiché por el Carmona, que militaba en Primera Regional que era la puerta de entrada para ascender a Tercera División. Para ello, naturalmente, había que clasificarse para la fase de ascenso que disputarían entre los primeros clasificados de las otras provincias. Nosotros la jugamos y logramos subir a Tercera, lo que constituyó un notable éxito para el equipo y, por consiguiente, para mí. En ese año es cuando accede Pepe Núñez  a la presidencia del Real Betis, en la temporada 1969-70, y ficha a José María de la Concha, que estaba en el Calvo Sotelo, como secretario técnico. Por entonces, en el Calvo Sotelo había dos equipo; uno en Segunda División y otro en Tercera, que entrenaba Pepe Peñafuerte con quien yo había hecho los cursos de entrenador. Como quiera que Peñafuerte me conocía, me recomendó a José María de la Concha como entrenador para la cantera bética y se abrieron las puertas de Betis para mí. En un principio me ofrecieron poner a mi cargo el equipo “amateur”. Pero, antes de comenzar, Pallarés, que era íntimo de Esteban Areta, terminó un curso de entrenador y se hizo cargo de ese equipo. De ahí que a mí me dieran el Triana Balompié juvenil, que era el primer equipo de esa categoría, y, además que nombrara a dos ayudantes para que entrenaran al Real Betis, que era el segundo juvenil, al Estrella, que era el tercero, y al RENFE en cuyo campo jugábamos. De esa forma me convertí en una especie de coordinador de la cantera, encargado de buscar entrenadores para diversos equipos y atender algunos aspectos de los escalafones inferiores.

─ Muchos aficionados ignorarán y otros quizá no lo sepan o no lo recuerdan que tú ganaste un torneo internacional de juveniles en Alemania. ¿Nos lo quieres recordar?
─ A ese trofeo, que era muy importante por los equipos que participaban, nunca había acudido ningún equipo español. Generalmente invitaban al Real Madrid y al Barcelona, pero éstos siempre se excusaban porque los conjuntos germanos eran muy fuertes. Además, había que jugar todos los días y a veces dos partidos diarios. Normalmente lo jugaban cuatro equipos alemanes y cuatro extranjeros, siendo especialmente invitados de los extranjeros aquellos equipos de cuyos países había más gente trabajando en el país germánico. Un día se presentaron en la secretaría unos señores de la Peña Bética de San Jerónimo, que trabajaban en Alemania, para hablar conmigo. Me contaron el encargo que traían, me explicaron el sistema del campeonato y me dijeron que todos los gastos estaban pagados. Yo les respondí que si el club lo autorizaba por mí no había ningún inconveniente. Me informaron, además, que ellos trabajaban en la fábrica alemana que patrocinaba el trofeo y eran los que habían propuesto a los organizadores la participación de nuestro equipo. Y como el Betis es conocido en Europa, lo aceptaron y les encargaron que realizaran las correspondientes gestiones. Para el viaje, que sería en avión, nos mandarían los billetes y la estancia se encargaban de abonarla la organización. Recuerdo que la fecha coincidía con Pentecostés, época rociera por antonomasia, El trofeo se jugaba en dos grupos, en los que se incluían dos equipos alemanes y dos extranjeros y la final la jugaban los campeones de los ambos grupos. Al explicarme cómo se jugaba el trofeo, con partidos diarios y en ocasiones, como te he dicho, algunos días dos veces, pensé que sería muy beneficioso llevar el mayor número de jugadores posible, por lo que les pregunté que si en vez de mandarnos los billetes de avión nos podían facilitar el dinero de su importe y nosotros organizábamos el viaje por nuestra cuenta. Nos dijeron que sí y me las ingenié para abaratar los gastos del desplazamiento.

─ Supongo que el viaje lo haríais en autocar.
─ Pues, supones bien. Pero para abaratar el importe del viaje en todo lo posible, como Martín Berrocal, presidente del Recreativo, siempre le estaba pidiendo al Betis que le cediera jugadores y el dueño de la empresa Damas, le comuniqué que vería facilitados sus deseos si nos proporcionaba un buen autocar para realizar un viaje de ida y vuelta a Alemania para jugar un trofeo. Llegamos a un acuerdo y en el día fijado partimos para Alemania. Para llegar al país teutón tuvimos que atravesar toda España y entrar en Francia por “Perpiñán”. Por cierto, que en aquel tiempo se proyectaba en Francia la célebre película “El último tango en París” y todos los que viajaban querían verla, a lo que yo me negué alegando que la vida en Francia estaba carísima y había que evitar gastos que debilitaran la economía del viaje. Así que de un tirón circulamos por tierra francesa a toda pastilla y no paramos siquiera en una gasolinera que encontramos en el camino ni para orinar. De esa forma, entramos en Alemania. Los rivales a los que teníamos que enfrentarnos eran potentes, pero nosotros teníamos un magnífico equipo y, tras nos proclamamos campeones de nuestro grupo,  vencimos en la final al Bayern de Munich y nos trajimos el trofeo para Sevilla. En calidad de campeones volvimos a ir al año siguiente y más tarde nos volvieron a invitar, pero ya desistimos de acudir.

 

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