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EL INFORME GALERA

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  La ridícula gestión de la rifa de coches

 

© Manuel Carmona Rodríguez

La siguiente temporada, la 1990-91, fue igual de desastrosa que las anteriores, aunque sólo en su primera media parte. Ocurrió así porque, tras la llegada de Manuel Ruiz de Lopera, en diciembre de 1990, al que Galera nombró vicepresidente económico, la situación mejoró notablemente. A raíz de su incorporación baste tan sólo con recordar que, una de las primeras iniciativas de Ruiz de Lopera, fue viajar a Praga en compañía de Juan Márquez Medrano para gestionar el fichaje del renombrado ariete checo Kukleta al que no se había podido fichar en la pretemporada por la impenitente falta de liquidez económica del club. Hasta entonces, la directiva que presidía Hugo Galera, inmersa en una caótica situación económica, se veía impotente para reunir un equipo que militara con cierto desahogo en la División de Honor.

Al final, bien es cierto, el descenso resultó inevitable. Pero, al menos, la llegada del afamado delantero centro ─que por desgracia no dio el resultado apetecido─ creó un ambiente de esperanza en el beticismo que llegó a creer que la suerte del club mejoraría lo suficiente para eludir el tan temido descenso, lo que infelizmente no llegó a ocurrir. En aquella temporada, la directiva intentó llegar a la cifra de 30.000 socios, pero el panorama no estaba para empresas de ese tipo, aunque, según publicó algún medio de comunicación de la ciudad, el número no alcanzó los 25.000. Pese a todo, la directiva no logró ver reducido el déficit existente, sino que, por el contrario, los números rojos continuaron aumentando.

En esta temporada ocurrió un hecho que puso al beticismo en contra de Hugo Galera. Los aficionados verdiblancos no llegaron a entender, por muchas vueltas que le dieron al asunto, cómo podían suceder en el club hechos tan decepcionantes. Resulta que, entre las ideas geniales del iluminado Hugo Galera en su intento de mejorar la dramática situación económica en la que se debatía el club, se llevó a la práctica para obtener ingresos económicos por medio de rifar automóviles de lujo. De esa forma en enero de 1991, el Betis se retrotrajo al final de los años cuarenta cuando se salvó de desaparecer a base de muchos sacrificios y... de bastantes rifas. Carlos Pacheco, un directivo, sugirió a Galera que se imprimieran papeletas por valor de cien millones, a mil pesetas cada una, para el sorteo de cinco automóviles de lujo. El presidente siguió la sugerencia de su directivo y ofreció a los componentes de la junta consultiva talonarios por valor de un millón de pesetas para que los distribuyeran entre sus conocidos, amigos y familiares. Pero éstos, presos de la mayor incredulidad, rehusaron participar en un asunto que consideraban humillante. La primera negativa fue la de Juan Salas Tirado, pero el catedrático de Anatomía Patológica justificó su actuación con el argumento de que el club podía terminar la temporada con un déficit de 300 millones de pesetas.

Sus directivos no vieron como solución del problema el sistema que su presidente quería llevar a la práctica, y por considerarlo como un desdoro para la imagen del club en los tiempos que corrían. La respuesta de Salas Tirado fue tan concluyente que respondió a galera que si hacían falta cien millones de pesetas que se dirigiera a los socios que pudieran colaborar y se buscase otra fórmula para obtener dinero. No obstante, como había pocos dispuestos a soltar la “tela marinera” que el club necesitaba, Galera pidió colaboración a los tres directivos que había dejado fuera de su anterior junta —León, Conejo y Carrasco— a lo que, para ello, se le dijo que tendría que volver a incorporarlos a la actual directiva. Otros, por contra, manifestaron que se marcharían si lo propuesto por el presidente llegaba a llevarse a la práctica. Pese a todo, Galera citó a León, Conejo y Carrasco con el fin de conocer si estaban dispuestos a prestar su colaboración en el asunto.


Un señor que prometió lo que, a sabiendas, era consciente
de que no podía cumplir y que ahora pretende vanamente
que el beticismo le vuelva a creer en sus inocuas proclamas

La reunión, se celebró a las cuatro y media del domingo, 30 de diciembre de 1990, en el despacho de Galera, día que jugaban en el Villamarín el Real Betis y el Valladolid. En dicho partido, varias azafatas comenzaron a vender los primeros boletos para el sorteo del primer automóvil. Una vez reunidos, Galera, tras explicar a sus interlocutores el asunto, les comentó que confiaba en ellos porque eran personas influyentes y podrían colocar muchos talonarios en su entorno más cercano. Para ello, les ofreció su despacho y un teléfono a cada uno a fin de que desde allí se dirigieran a las personas que creyeran más conveniente. Al final, se acordó mantener una nueva reunión la semana siguiente y se despidieron hasta entonces. El lunes, 15 de febrero de 1991, por el número de la ONCE, se rifó el primero de los cinco automóviles. La recaudación total de los cinco sorteos supuso al club un ingreso de 20 millones de pesetas, o sea un 20 por ciento del total. Finalizadas las respectivas rifas de los cinco automóviles, en cuatro la fortuna correspondió al club que encontró las papeletas premiadas entre las sobrantes del sorteo.

Mientras tanto, pasaban las semanas, la situación del club empeoraba sin remedio y Hugo Galera cada vez se mostraba más desesperanzado de llevar al club a la normalidad. Su impotencia para reconducir la crítica situación por la que atravesaba el club desde que accedió al cargo, aumentaba a pasos agigantados tanto en la vertiente económica como en la deportiva. De ahí que no extrañó que llegase a declarar que estaba dispuesto a dejar su cargo a quien aceptase a poner el dinero que el club  necesitaba para seguir adelante sin problemas. A esto salió a la palestra el socialista Manuel Domínguez, que había sido vicepresidente del club con Martínez Retamero, quien manifestó que estaba dispuesto a poner 500 millones de pesetas para ser presidente, a lo que Juan Salas, que había sido también vicepresidente con el propio Martínez Retamero, le replicó que la historia del Betis no se podía comprar con 500 millones de pesetas.

El jueves, 30 de mayo de 1991, la prensa publicó que los personajes más influyentes del beticismo opinaban que Galera debía de dimitir porque su gestión había sido pésima. El peor error de la nefasta temporada 1990-91, en la que el equipo cosechó un nuevo descenso a Segunda División, estuvo en la parcela deportiva. El cada vez más desacreditado presidente fichó tarde y mal, por lo que desde un principio se observó con meridiana claridad que no se contaba con equipo suficiente para mantener la categoría. La respuesta de Galera a las críticas recibidas fue declarar que no dimitiría porque su fracaso sólo era deportivo, dado que la crisis económica que padecía el club la había heredado de los anteriores dirigentes. Naturalmente, Galera se abstuvo de admitir que el déficit recibido continuaba aumentando por la falta de capacidad y acierto de la que hacían gala él y sus directivos.

Sus argumentos carecían de consistencia, ya que con el poco tiempo que llevaba en el cargo parecía muy extraño que no recordara las promesas hechas a la afición tendentes a corregir los errores y desaciertos de su antecesor para lo que hacía falta bastante dinero. Un hecho de esta naturaleza era fácil comprender, dado que a la hora de pretender sanear a un equipo endeudado hasta los ojos, resultaría imposible conseguirlo sin la necesaria inyección económica que exigía una situación tan ruinosa como la que padecía el club. Para ello, en su intento de solucionar en parte tan gravísima problemática, su siguiente iniciativa “para salvar al Betis” ─según publicó la prensa el viernes, 28 de junio─ consistió en pedir cien mil pesetas a cada socio en concepto de préstamo. Dicha cantidad sería canjeada, llegado el caso, por acciones cuando el club fuese convertido en SAD y éstas fuesen puestas a la venta.

Resultaba obvio deducir que, para llevar a buen puerto a una nave que amenazaba con naufragar de manera irremediable, lo único que hacía falta eran menos palabras y más dinero. Concretamente aquel que Hugo Galera y sus directivos no fueron capaces de buscar ni de aportar tras desbancar a Martínez Retamero de la presidencia y hacerse cargo del club. Por consiguiente, así de mal le continuaron yendo las cosas al desesperado Betis que, día a día, se sumía aún más en la miseria y en la desesperación de la que el inepto señor Galera y acompañantes fueron incapaces de sacarlo.

 

(Continuará) 

 

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