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EL INFORME GALERA

(4)



 El infructuoso intento de venta

del Benito Villamarín


© Manuel Carmona Rodríguez

                                                         

En su campaña de acoso y derribo a Martínez Retamero, Hugo Galera y los que le apoyaban se hartaron de difundir por activa y por pasiva que se bastarían para sanear al club sin tener que vender el Benito Villamarín, proyecto retamerista al que se mostraban totalmente adversos. Precisamente, junto al desesperante estado en que se encontraba la situación económica del club, el otro arma de combate contra Retamero era precisamente la crítica por la proyectada venta del estadio. Sin  embargo, a la hora de coger el toro por los cuernos y hacerse cargo de la herencia dejada por Retamero, las opiniones y los discursos de Galera y sus correligionarios cambiaron de forma radical.

El dinero que se necesitaba para solucionar la desesperada situación económica del club no apareció por ningún lado y la política de regir al club que realizaba Martínez Retamero continuó seguida de manera inalterable por medio de los nuevos dirigentes. Para este viaje ─apuntaron numerosos béticos─ no se necesitan alforjas, por lo que si no se quería aportar el dinero necesario para reflotar al club, resultaba indiferente que fueran los galeristas o cualquiera de los miles asociados que tenía el club. Y es que, en el orden económico, cuando se tienen cocodrilos en los bolsillos, por lo general no se suele meter la mano para sacar los billetes de ellos. En definitiva, que para imitar a Martínez Retamero no hacían falta presidentes como Galera, pues las directivas nombradas por el catedrático de Anatomía Patológica lo único que consiguieron fue aumentar la abultada deuda que padecía el club.

El Betis estaba arruinado y como Hugo Galera y sus directivos ni ponían ni lograban recaudar el dinero que se necesitaba para sacarlo del profundo socavón económico en el que se hallaba hundido, la situación tendió a empeorar. Las promesas divulgadas por la oposición a Martínez Retamero en los momentos que intentaban desbancar a éste, no se vieron cumplidas por ningún lado por lo que el Betis continuaba navegando como un barco a la deriva con excesivo riesgo de naufragar en el proceloso mar de la crisis económica. En aquella agobiante y azarosa etapa, yo colaboraba en la sección deportiva de “DIARIO 16 ANDALUCÍA” y mantenía una excelente relación con el inolvidable José María de la Concha que era directivo del club.


Hugo Galera Davidson: Prometió mucho, no cumplió nada

 El que fuera socio número uno del Real Betis, que ocupaba el cargo de responsable del Área Deportiva, dimitió al poco y explicó su marcha con las siguientes palabras: He dimitido porque no hay ni un duro para fichajes, por lo que el club no necesita para nada un secretario técnico. Después de lo que he visto, esta gente van a hacer bueno a Retamero, pues pregonaron que sanearían económicamente al club y se gastan menos en jugadores que un ciego en novelas.

En la tarde del lunes, 5 de junio de 1990, con ocasión de la visita girada por directivos y jugadores al alcalde de Sevilla, Manuel del Valle Arévalo, con motivo del ascenso del equipo a Primera División, Hugo Galera solicitó al concejal del grupo mixto y ex directivo del Real Betis, Adolfo Cuéllar Contreras, su apoyo para la aprobación del proyecto de la recalificación del Benito Villamarín de zona deportiva a suelo urbanizable. Don Adolfo le respondió que, aunque la junta de portavoces aún no había tomado ninguna decisión al respecto, él, como bético, no era partidario de la venta del Benito Villamarín. Malas noticias para Galera que esperaba obtener cuando menos en la operación unos 11.000 millones de pesetas.

Al día siguiente, 6 de junio, se celebró en el estadio bético la asamblea ordinaria del club a la que asistieron cerca de 500 compromisarios. Entre otras cuestiones, se informó a los presentes que el compromiso de Retamero con PROINSUR (González de Caldas) obligaba al Real Betis a vender el estadio a dicha empresa, ya que de lo contrario debería indemnizársele con 1.000 millones de pesetas. Sobre el déficit de la temporada 89-90 se conoció que ascendía a más de 521 millones a causa de los contratos y las obligaciones contraídos por la anterior junta directiva, superando la deuda total del club los 2.500 millones de pesetas. El presupuesto para la siguiente campaña ascendía a 913 millones de pesetas, esperándose cubrirlo con la ayuda de los ingresos atípicos y una elevada subida de los carnés de socios cuyo importe experimentó un alza del 25 por ciento.

Dado que los ataques de los actuales responsables del club a Martínez Retamero fueron muy duros para desbancarlo de la presidencia, en la asamblea sólo estuvo presente de su junta directiva Miguel Espina, que fue quien explicó como se recibieron los 300 millones que PROINSUR adelantó para la compra del Benito Villamarín. La primera entrega fue de 50 millones de pesetas, la segunda de 200 y la última de 50. En aquellos momentos, las dos únicas salidas que tenía la directiva para mejorar la desastrosa situación económica del club consistían en una emisión de deuda de 700 millones de pesetas o en la venta del Benito Villamarín y el posterior traslado al estadio que se construía en La Cartuja. Hugo Galera, al igual que en su momento decidió Martínez Retamero, se inclinó por la segunda medida, ya que una emisión de deuda de la citada cuantía se consideraba inviable en aquellos momentos.

El jueves, 7 de junio de 1990, dimitió en pleno la junta directiva que presidía Hugo Galera, tras ser convocadas las elecciones a la presidencia. De momento, quedó al frente del club de forma interina el vicepresidente Manuel Romero. Sin embargo, tampoco en esta oportunidad se celebraron elecciones, dado que Hugo Galera volvió a ser el único candidato y fue proclamado nuevo presidente el lunes, 2 de julio.  Dos meses y 18 días más tarde, el jueves, 20 de septiembre, el Ayuntamiento consideró inviable la propuesta presentada por la junta de Hugo Galera para la recalificación del suelo del estadio Benito Villamarín. Esta primera propuesta, presentada el anterior mes de julio, ni siquiera llegó a ser estudiada por la junta de portavoces, pues, según los técnicos municipales, no era admisible por la excesiva volumetría de  edificabilidad que se solicitaba. Además, existía un punto en el documento de compra que en su día suscribieron el club y el Ayuntamiento, que señalaba que en el caso de que los terrenos se dedicaran a otro fin éstos pasarían a poder municipal, lo que cambiaba de modo radical la marcha del asunto.

Al margen de las gestiones realizadas acerca de la autoridad municipal, llegó el día de la celebración de la asamblea en la que habría que decidirse la venta del Benito Villamarín. El acto, celebrado el jueves, 18 de octubre de 1990, en el Hotel Los Lebreros tenía como morbo añadido la posible presencia de Gerardo Martínez Retamero. Muchos dudaban  de que ello llegara a suceder, pero a la hora del comienzo el vilipendiado presidente ocupaba un lugar en la sala. Para evitar incidentes, Retamero había penetrado en el salón de actos por la puerta de servicio procedente de la habitación 1118, en la que había esperado el comienzo de la asamblea. Rodeado de hombres de confianza y de cierto número de ex directivos, el vituperado ex presidente acudió a la asamblea pese a saber de sobra que por el odio que despertaba su presencia sería difícil que pudiese intervenir. Pero, aunque ocurrió del modo que se preveía, el hombre, al menos, dio la cara.

La pregunta realizada a los compromisarios sobre la venta del estadio fue respondida con un sí mayoritario: 372 votos afirmativos y 45 adversos. En cuanto a la actuación de Martínez Retamero, al que Hugo Galera concedió un turno de réplica de diez minutos, tal como estaba cantado fue imposible. Tras la intervención de Hugo Galera, Retamero sólo pudo decir: Señores, les voy a liberar de mi presencia muy pronto, inmediatamente...” En ese momento, comenzaron los gritos de “¡fuera, fuera! y los insultos que impidieron que pudiera pronunciar ni una sola palabra más. Ante el cariz que tomaba la situación, dos minutos después, aún no eran las diez de la noche, el ex presidente abandonó la tribuna de oradores y retornó al lugar donde se encontraba su grupo de defensores. Curiosamente, dos de ellos, Juan Ruiz y Antonio Rodríguez, votaron contra el proyecto de venta del estadio que fue iniciado por su entonces presidente, Martínez Retamero.

Queda, pues, bastante claro que, pese a ser Martínez Retamero quien inició el proyecto de venta del Benito Villamarín, los que en realidad lo intentaron llevar a la práctica fueron Galera y los suyos que, con anterioridad, lo habían combatido con toda la saña que sentían por Martínez Retamero. Formaban, por entonces, en la directiva de Hugo Galera: Manuel Romero Álvarez, Antonio Bustos Rodríguez, José León Gómez, Gregorio Conejo Muñoz de Toro, Carlos González de la Puente, Agustín Navarro Sánchez, José María Puerto Castro, Emilio Soto Nuño, Francisco Sánchez Moreno, Francisco Lucena Crespo, Jesús Puerto Castro y Antonio Carrasco Barrera. Como es fácil apreciar en esa relación figura algún otro componente que en los últimos años se ha erigido como un recalcitrante antiloperista, llegando el caso a negar al máximo accionista bético el pan y la sal. Al final, Hugo Galera no consiguió su propósito de vender el Benito Villamarín, pero el hecho se debió únicamente a imperativos legales y no por el deseo de ver cumplido un proyecto que nada gustaba al beticismo.

En aquellos momentos, resultaba indudable que la afición verdiblanca se mostraba profundamente dolida por una solución que no deseaba que ocurriera en absoluto como la venta de su querido estadio. Totalmente decepcionados por la situación deportiva y económica del club, los béticos continuaban preguntándose dónde estaba el dinero para sanear al club que Galera y sus congéneres pregonaron en su ambición de llegar al poder. ¿Para qué, entonces, pretendieron regir los destinos del club? Según se demostró cumplidamente por conseguir el control del Betis, ya que a través de su gestión el club continuó endeudándose. De hecho no otra cosa consiguieron desde su llegada hasta su marcha las respectivas directivas que presidió Hugo Galera. La única excepción que cabe citar fue durante la llegada de Manuel Ruiz de Lopera. De ahí que resulte patético en la actualidad observar a un Galera falto de crédito intentando por fas o por nefas volver a ocupar un puesto de mando e influencia en el club, que en su época gestionó con un absoluto fracaso. Que Dios nos coja confesados a los béticos si algo así volviera a repetirse.


Continuará)

 

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