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COLABORACIONES DE EMILIO CEREZUELA

Miércoles, 2 de febrero de 2012 / 23'590


LOS RECUERDOS QUE GUARDO DE MI ABUELO ALFONSO

Después de la última jornada futbolística, la verdad es que pocas ganas tengo de hablar de fútbol. Por ello poco o nada voy a decir al respecto. Hoy me ha dado por sacar nuevamente a colación la figura de mi abuelo, y aunque ya he ido comentando cosas anteriormente, voy a seguir exponiendo recuerdos, con el riesgo de repetirme. Los primeros recuerdos que tengo de Alfonso del Castillo Ochoa, mi abuelo, son la de un ilustre anciano, alto y delgado. Lo de alto era muy relativo, hay que tener en cuenta que yo lo miraba desde abajo, lo de delgado no era una apreciación mía, viendo las pocas fotos que entonces se hacían, era una realidad.
Siempre me acuerdo de él enfermo, en su casa de la calle Palas de Cartagena, un piso con orientación a mediodía (muy apreciada en Cartagena, ya que en invierno da el sol, y en verano apenas), un tercer piso sin ascensor, con aquéllos escalones enormes que parecía que subías dos escalones en puesto de uno. Una casa en la que su dormitorio y el comedor daban al exterior, y el resto de la calle a los conocidos patios de luces. Pues bien, yo siempre lo recuerdo en el comedor, sentado en un sillón, vuelto contra la luz que entraba por el balcón, pero gozando del sol, con las piernas tapadas con alguna manta y leyendo, con ayuda de gafas,  el ABC. 

Ya comenté que, pese a ser sevillano, era una persona de pocas palabras. Realmente la vida no debió ser muy amable con él. Vivió la guerra, la posguerra, en una familia de ocho hijos, donde apenas llegaba el sueldo a final de mes. Dos varones y seis mujeres fueron su descendencia. De los dos varones, Enrique y Alfonso, vio morir a éste último, muy joven, víctima de una enfermedad terrible en aquélla época, la tuberculosis, para la que apenas había solución. De las mujeres vio morir también a su hija Nani y a Pilar, ambas muertes relacionadas con partos, muy jóvenes las dos, e incluso tengo la duda de si también vivía cuando murió una de sus nietas, Mari Paz, hija de Pilar, también en un parto.

Quiero decir con esto que su vida no fue fácil. Se casó con Caridad Delgado, mi abuela, que pertenecía a una familia de rancio abolengo en Cartagena. Su padre, el suegro de Alfonso, fue un maestro de cierta fama, al menos a nivel local, que fundó las primeras escuelas graduadas de Cartagena, y a las que el pueblo acabó llamando la “Covadonga de la Enseñanza”. Todo ello, cierto es, le fue recompensado con una calle en Cartagena, en concreto parte de la vivienda en la que habito da a la calle Martínez Muñoz, y la otra a Valle Inclán, (éste, evidentemente, no fue mi bisabuelo), por donde tengo acceso, pero no cabe duda que es un lujo vivir en la calle dedicada a tu antecesor. El caso es que pese a ser una “buena familia”, mi abuela lo que aportó al matrimonio fueron ocho hijos. Yo no puedo asegurarlo, ya que a mi edad no vivía esos detalles, pero mi madre, que intentaré que haga algún día un semblante de mi abuelo, decía que siempre había estado muy enamorado de mi abuela.

Hoy sólo quedan tres hijos de aquél gran legado familiar que nos dejaron, aunque un gran número de primos, ya que todas las hijas fueron muy prolíficas. De las tres hijas,  dos  viudas desde hace tiempo. Son mis padres los únicos que gozan de la dicha de seguir vivos y juntos. La más pequeña de las tres es María Luisa, quien actualmente reside desde hace poco en Barcelona, con su única hija, y con algunos problemillas de salud. Quizás su último acto en Cartagena fue asistir al homenaje que en su día el Real Betis Balompié tributó a mi abuelo hace dos temporadas. Ya hablaré otro día de ese acto, pero me consta que mi tía María Luisa hizo un gran esfuerzo por estar allí. Rocío y Carmen, mi madre, siguen viviendo en Cartagena, incluso en el mismo edificio, como también vivía mi tía Maria Luisa, y de alguna forma siguen las andanzas del Real Betis, ya que aunque cartageneras ambas, ninguna ha olvidado quien fue su padre.

Puede que la última gran alegría que las tres recibieron fue ese homenaje ya aludido, aunque tengo mis dudas si fue el Betis quien homenajeó a Alfonso del Castillo, o todo realmente fue un homenaje de los herederos de éste al Real Betis. Otro día os hablaré de mis conversaciones con mi abuelo, de lo poco que aún me acuerdo, de su relativa afición al fútbol, de su equipo del alma, y de su ciudad, Sevilla, a la que nunca olvidó.


Emilio CEREZUELA DEL CASTILLO
Abodago y nieto de Alfonso del Castillo Ochoa
primer presidente del Sevilla Balompié

 

NOTA DE LA DIRECCIÓN
Su abuelo, estimado don Emilio, mirando a la historia del Real Betis Balompié, como primer presidente del Sevilla Balompié, el club que le donó la antigüedad a nuestro actual equipo (no me gusta decir SAD, aunque sea lo legal) fue uno de los pilares de este Real Betis Balompié de nuestras tristezas y alegrías, que por su existencia tanto le debe a él, a su hermano Juan y a todos los que por ser balompedistas fueron béticos de todo corazón. No sabe, don Emilio, como a los béticos nos llenan el corazón de emoción y romanticismo esas palabras suyas, sobre uno de los legendarios personajes del balompedismo y del belicismo como fue su abuelo. Cuan orgullosa debe estar su familia, por la rama materna, de ser descendiente de un gran hombre, de los primeros tiempos del foot ball sevillano, en cuya historia tiene un lugar preponderante y pertenece de pleno derecho.
Muchas gracias, don Emilio.

 

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